Limpiémonos
Me gusta ver limpios a mis zapatos. Pero el proceso de limpiar zapatos lleva su costo. En tiempo y esfuerzo. ¡Termino cansado de embetunar y dar brillo a siete pares! Me gusta que queden lo más brillosos posible. Y todo para que al salir al trabajo y volver a casa por la noche, estén nuevamente empolvados o embarrialados. Cuando mucho, aguantan unas dos o tres puestas.
Nosotros vamos a la iglesia el fin de semana y la alabanza y la Palabra de Dios nos purifica. Igual con nuestro devocional privado al levantarnos o al acostarnos. Hasta ahí todo muy bien. Pero, al salir a la calle y enfrentar al mundo y lo que nos ofrece, nos vamos empolvando de la suciedad del mundo. Salimos a la calle y el chofer del autobús nos trata de manera indiferente aunque le sonriamos con un “buenos días”, llegamos a la ciudad y oímos carros pitando, no es extraño encontrarse a dos chóferes recordando la cada uno la madre del otro, llegamos al trabajo y el jefe tal vez está molesto por algo y nos trata ásperamente, en la hora del café o del almuerzo nos toca oír los chistes de doble sentido de algún compañero o los infaltables chismes de oficina. Recibimos mensajes de texto con chistes abiertamente sexuales o correos electrónicos con malas noticias. Tal vez por la tarde algún cliente se molesta por algo y nos dice una “conchada”. Ya en casa vemos la televisión y nos damos cuenta de que mataron a alguien, o sale alguna imagen erótica en una película aparentemente inocente…
Todas esas cosas van creando mella en nosotros, son “zorras pequeñas, que echan a perder las viñas” (Cant. 2:15), pequeñas cosas que nos van ensuciando y debemos limpiarnos constantemente de toda impureza, según lo recomienda el apóstol Pablo a los Corintios: “Así que, amados hermanos, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda inmundicia de carne y espíritu, perfeccionando la santificación en temor de Dios” (2 Cor. 7:1).
Limpiémonos congregándonos lo más que podamos, teniendo devocionales privados y escudriñando la Escritura, ayunando y así seremos luminares del mundo (Fil 2:15) o más brillantes que un par de zapatos recién pulidos.
Bendiciones en Cristo,
Randall Antonio Morales Zumbado.
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